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Esta crónica se publicó el 3 de julio de 2018 en la edición 2174 de la revista Proceso.
Me acuerdo de unos versos de Carlos Pellicer, a cuya campaña externa al Senado en 1976 le debe Andrés Manuel López Obrador su entrada a la política: El acto de pensar se vuelve canto y nuestra vida al borde de la noche comienza a despertar.
Cuando lotto rubbellose verschenken era jefe de Gobierno de la Ciudad de México fui a verlo para escribirlo.
Mirado desde esa perspectiva se entiende el cambio que estamos haciendo: incluir simbólicamente en la idea de patria a una mayoría menospreciada.También te recomendamos, un vapor seguro.Una de ellas me parece la más profunda: un deseo de reconocimiento y, por lo tanto, acabar con el menosprecio.Nunca se sabe con la historia.Cuando lo desaforaron por órdenes del presidente Fox para que no compitiera en la boleta, desde ese parque daba sus conferencias de prensa.De pronto se llena de gente y de pronto la abandonan.Se entra de espaldas, mirando las derrotas del pasado y a sus muertos.En esta campaña la retahíla de insultos en su contra siguió la abigarrada línea de la rabia oligarca y de la clase media que fantasea con que votar por el neoliberalismo lo candidatea para portada de Forbes: sirve a intereses extranjeros rusos o venezolanos, espanta.No hay que volver a nada.López es, a decir de Carlos Monsiváis, el político más atacado desde Madero.
Pero Obrador fue refractario a los insultos.




El quizás es su única ocasión.El problema con todos los insultos fue de quién provenían.Se usa a un hombre que tiene tres nombres: Andrés Manuel, para quien lo conoce; López, para quienes creyeron que haciéndolo un hombre común le restaban en vez de sumarle; Obrador, para quienes es la idea de alguien que hace, que concibe, que compone, que.Desde entonces es el hombre común, el vecino discreto, el hombre cuya medianía enfurece a los oligarcas del dispendio.A ese mismo, al hombre común (López) al que no dejaban hacer (Obrador) lo miré sentado junto a Elena Poniatowska en una carpa en este mismo Zócalo, entonces el Zócalo del fraude electoral, diezmado, entre aguaceros.Los deberes son su contraparte.